La lunotipia. Tipografía digital, TeX y cafeína

De calles tipográficas y ojos humanos

Leía hace poco sobre los canales marcianos, que tantas ilusiones ópticas suscitaban antaño, y no pude resistirme a pensar en otros discurrires bastante menos esperanzadores e ilusionantes, pero que juegan en la misma liga de la percepción visual humana. Me acordé sin remedio de las calles (en ocasiones avenidas) que de vez en cuando saltan entre los párrafos de una página impresa y agreden sin compasión al lector. Sobre esos especímenes, y su curiosa naturaleza díscola, diré unos cuantos comentarios apresurados.

Para empezar, algunos correctores de estilo parecen acusar un celo desmedido en la búsqueda y captura de las calles tipográficas. Persiguen su trofeo, lápiz rector en mano, como quien se entretiene en resolver una sopa de letras. Realmente, las calles que deben descubrirse no son el problema, ni casi nunca vale la pena penalizarlas. Las peligrosas son las que ofenden de una manera palmaria, y que parecen estar construídas adrede al mostrar una cierta constante en su trazo y disposición. Se ven bien a simple vista, sobre todo si alejamos la página o miramos con el rabillo del ojo. Obtenemos la sensación de que el párrafo (que debe ser siempre un gris plano) está quebrado en dos o más pedazos de caprichosa geometría.

Segundo. Un sistema de composición digital avanzado como TEX , gracias a su algoritmo de corte de líneas y justificación (que, por otra parte, tomó prestado e implementó Adobe en InDesign), e incluso gracias también a las últimas propiedades de expansión y contracción horizontal añadidas por pdfTEX y LuaTEX, no tiende a producir demasiadas calles de este estilo. Pero —¡ay!— haberlas, haylas. Y es que aquí llegamos al meollo del asunto. La calle tipográfica agresiva no tiene tanto que ver con un espaciado poco homogéneo entre palabras cuanto con la confluencia azarosa, pero fatal, de una serie de factores: el tipo de letra, la intensidad del trazo y, sobre todo, que tales o cuales palabras hayan acabado a tal o cual altura y posición del párrafo. Es imprevisible, como imprevisibles son las formas que en ocasiones vemos en las nubes. La diferencia es que las nubes pasan, cambian, se desvanecen. La letra impresa queda allí para siempre, o mientras el papel de la página perdure.

Visto lo cual, podemos preguntarnos: ¿es posible un nuevo algoritmo que busque, identifique y elimine las calles? En la teoría, sí. Y dentro del ecosistema TEX ya se ha experimentado un poco con ello. Pero las conclusiones son desalentadoras. Si bien los nuevos algoritmos parecen realizar razonablemente bien su cometido, necesitamos una nueva estirpe de computadoras más potentes y más rápidas, pues en el estado de cosas actual la tarea puede llevar horas de proceso. Y habrá que ver si los resultados son mínimamente satisfactorios.

En cuanto a la detección de calles, la situación no es tampoco muy halagüeña que se diga. El paquete impnattypo, por ejemplo, entre las variadas y utilísimas funcionalidades que aporta para la microedición, incluye una en concreto que considero tan meritoria como ineficaz. La opción rivers, en efecto (y sólo si compilamos en LuaLATEX y en modo «borrador»), nos marcará en un color determinado las calles a erradicar en nuestro libro. El problema es que el algoritmo de este paquete resulta un tanto paranoico, y para él todo son calles. Para empeorarlo, la manera en que lo resalta hace bastante difícil cribar los hallazgos penalizables de los falsos positivos.

Y volvemos a Marte y a sus canales. Si Bradbury escribió que los marcianos que buscamos en Marte, al cabo, somos nosotros, el problema de las calles tipográficas también está en nosotros, los lectores. Y en nuestra percepción visual y nuestra perspectiva. La tipografía digital es maravillosa y un gran logro científico. Pero ni es mágica ni hace milagros. Ni tampoco tiene por qué ni es su cometido. La tipografía digital es una parte del humanismo. Una mente humana programa el objeto que llamamos libro, y que no está destinado a otros ojos sino a los humanos. Todo lo que no se mueva en esos parámetros implica caer en la superchería y en emplear el adjetivo «digital» de manera supersticiosa y vacua.

Por último. Bien, nuestro ojo humano, demasiado humano, ha encontrado la insidiosa calle (o viceversa). ¿Cómo nos deshacemos de ella? En TeX casi siempre basta con introducir un espacio de no corte tras la palabra correcta, para que el párrafo se reconstruya y se esfume la ilusión óptica. Si eso no funciona, cualquier otra solución que implique una alteración en la morfología de la fuente (espacio entre letras, espacio entre palabras, variar los valores máximos permitidos de escalado horizontal tanto en la expansión como en la contracción) ha de llevarse a cabo con sumo cuidado y tino, si no queremos que el remedio sea peor que la enfermedad. Por más que nos pueda parecer que no hay nada más feo que esas malas calles.

Publicado: 11/11/19

Última actualización: 21/05/20


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